Hemos recorrido un camino largo en esta serie. Hemos hablado de la mente, del corazón, de la historia, de los ejercicios. Y ahora llegamos a un punto clave. Quizás el final de este viaje, al menos por ahora.
Hoy hablamos del yo soy pequeñito, del Yo Soy grande… y de algo más allá. Algo que no domino, que no controlo, pero que he experimentado. Y que quiero, con toda la humildad del aprendiz, compartir contigo.
1. El yo soy pequeñito (el que se ofende en los comentarios)
El yo soy pequeñito es el que hemos ido desmontando a lo largo de esta serie. Es ese que se identifica con sus creencias hasta el punto de insultar cuando alguien las cuestiona. Es el que dice «yo soy tímido», «yo soy indisciplinado», «yo soy débil», pero, al mismo tiempo, infla el pecho y se siente muy importante. Busca todas las formas de sentirse importante, aunque sea a través de adoptar las creencias de otro que ha considerado un ser superior.
Es la historia que te cuentas a ti mismo una y otra vez para sentir que tienes una identidad, cuando lo único que tienes es la máscara que otro te ha prestado para ocultarse del mundo.
Este yo soy pequeñito es el que se enfada, el que se siente víctima, el que escribe comentarios furiosos cuando alguien critica a su gurú favorito. Porque no tiene identidad propia. Ha tomado prestada la identidad de otro. Y cuando atacas a ese otro, se siente atacado él.
Es el que hace una regresión y huye despavorido, porque las regresiones destruyen el autoconcepto del «yo soy» sin piedad.
Deja de ser piadoso con lo que te ancla a la mediocridad
Es también el que quiere aplicar la ley de la atracción como si fuera conducir un cochecito con solo volante, acelerador y freno. El que se frustra porque «hago todo bien y no sale». El que me escribe desde el victimismo. Y como dije en el primer vídeo: léete a ti mismo dos días después y entenderás por qué no funciona.
La buena noticia es que de este «yo soy» se sale. No es fácil, pero se sale. Con trabajo. Con los ejercicios que te he dado. Con honestidad. La clave aquí, ante todo, es si dispones de esa honestidad. Hace falta ser muy despiadado con uno mismo para abandonar ese yo soy. Es muy sencillo, pero no es fácil.
2. El Yo Soy grande (el que opera en el mundo)
Neville Goddard hablaba de un «Yo Soy» diferente. No el de las afirmaciones vacías («yo soy rico» cuando no lo eres). Sino un yo que se apoya en algo más sólido. En lo que realmente eras antes de que los traumas y los condicionamientos te lo cubrieran. El que debes recordar.
En el vídeo anterior hicimos el ejercicio de definirte en una hoja. En la columna derecha, tus debilidades. En la izquierda, aquello a lo que supuestamente aspiras. Esa columna izquierda, tal como te indiqué y conozco bien por experiencia, no es un deseo. Es el recuerdo de lo que una vez fuiste. Antes de que te lo arrebataran.
Quien Eres no necesita validación de otros
Ese es el «Yo Soy» grande. No necesita validación externa, aunque también opera en el mundo. Pero lo hace desde otro lugar. Cuando alguien te ataca, no responde con rabia. Responde con firmeza, si es necesario, pero sin alterarse. Sabe cuándo callar y cuándo hablar. Sabe que si no respondes a una mordida, volverán a morderte. Así que actúa, pero sin el veneno ni la rabia infantil del pequeñito.
Porque este «Yo Soy» está conectado directamente con tu Espíritu o no es tu «Yo Soy». Pero no es el Espíritu mismo (eso está más allá), pero es su expresión en el mundo. Es el puente.
3. El termómetro para saber dónde estás
Una forma sencilla de saber si estás operando desde el pequeñito o desde el grande: observa tu reacción ante un desafío.
Por supuesto no hablo ahora de quién pueda ocasionarte un daño físico, sino de alguien que por una razón definible o no, prefieres evitar. Quiero decir: si alguien te falta al respeto o te resulta incómodo, por la razón que sea, y sientes el impulso de cruzarte de acera para evitarlo, es que tienes miedo. Cuando eso suceda, estás en el pequeñito. Si sientes que tienes que atacar, que humillar, que vengarte… también estás en el pequeñito.
El Yo Soy se afirma en lo más elevado
El grande no busca la pelea. Pero no la evita por miedo. La evita porque no merece su energía. Y si tiene que enfrentarla, lo hace sin alterarse para, precisamente, no perder energía innecesaria, no poner energía donde no lo merece. Como una roca: no se mueve, pero tampoco agrede. Así que no es el «Yo Soy» el que se cambiará de acera, sino el «yo soy».
En el fondo, el «Yo Soy» sabe que todo es una prueba, una demostración no para el mundo, sino para el mismo, para poder recordar quién es.
Y aquí piensa una cosa: hay estudios con delincuentes en los que les mostraron fotos de personas y les preguntaron a quién atracarían. Todos coincidieron en el mismo perfil. Porque el cuerpo proyecta lo que hay dentro. Cuando operas desde el grande, las personas lo notan. Y la mayoría ni siquiera intentará acercarse a molestarte.
4. Aplicación práctica: el trabajo como ejemplo
Te pongo un ejemplo de cómo se aplica esto a la vida cotidiana. Cuando alguien se queja de su trabajo desde el pequeñito, dice: «Es que mi jefe es un imbécil», «es que no me valoran», «es que me pagan poco».
Desde el grande, la perspectiva cambia: te están pagando por aprender. Siempre hay algo que aprender. Siempre hay una habilidad que adquirir. Siempre hay una conexión que hacer. El trabajo se vuelve apasionante no porque cambie, sino porque cambias tú.
Si no te gusta lo que te pagan, haz un pacto nuevo. Ofrece más valor. Búscate otra cosa. Pero no te quedes en la queja. La queja es el combustible del pequeñito.
Como decía Henry Ford: «Pensar es el trabajo más difícil que existe. Por eso tan pocas personas lo practican».
5. Y luego hay algo más allá: el «Soy»
Ahora entramos en terreno muy, muy delicado. En algo que no domino, que no controlo, pero que he experimentado. Y lo comparto por si alguien más lo ha sentido o lo siente en el futuro.
Te cuento… Hace menos de un año estaba de vacaciones, pero nada de retiros espirituales, sino en un hotel donde me siento como en casa. En una isla maravillosa, «al otro lado del charco», a la que me gusta ir.
Llevaba tiempo, años, trabajando con mi Yo Soy, así que por pura rutina me encontraba allí conectando con esa parte interior, pero sin forzar. Y un día, de repente, el «Yo» se cayó, sin hacer nada, ni poner voluntad alguna, desapareció por sí mismo. Dejé de decir «Yo Soy esto» o «Yo Soy aquello». Solo dije sin saber cómo ni por qué: «Soy». Y sentí algo muy extraño.
Empecé a repetir: «Soy plenitud», «Soy abundancia», «Soy lo que sea». Pero sin el «Yo». Sin la identidad. Y algo cambió. Empecé a vibrar por dentro. Sentí como si una placa tectónica se hubiera desplazado. Los colores eran más intensos. Los sonidos, más nítidos. Los olores, más vivos. Caminaba por la playa y cada paso era un «Soy». Yo no lo decía, me llevaba.
Un cambio fundamental: de identificarse a ser
La clave es que cuando decía «Yo Soy lo que fuera», mi «Yo» se identificaba con aquello que acompañaba a mi afirmación de «Yo Soy», con el objeto. Cuando desapareció el «Yo», descubrí que ya no me identificaba con aquello que acompañaba a mi afirmación, sino que era el propio objeto. No tenía que adquirir una cualidad, era la propia cualidad.
Esto era muy perturbador. Solo lo aceptaba sin cuestionarlo por la sensación tan profunda de «comunión» que tenía con aquello, por cómo me hacía vibrar. Sin embargo, ese sentimiento perturbador era importante, no podía eludirlo.
Por ello, cuando volví a mi vida normal pensé que había sido cosa de las vacaciones. Pero no. En los primeros días pasó algo importante: por la noche, agotado, cuando me senté a meditar, a repasar el día como hago diariamente, en medio de esa carga física y mental, instintivamente dije «Soy». No buscaba un objetivo, no buscaba nada, solo salió de mi interior y el cansancio desapareció. Estaba totalmente despierto, lleno de energía. Pero me di cuenta que no era energía, sino frecuencia. Me situaba en otra frecuencia mucho más elevada sin hacer nada, sin imaginar nada ni proyectar mentalmente nada. Solo debía decir «Soy».
Y me di cuenta, con total claridad, que ese «Soy» no tiene identidad. No necesita un «Yo» porque ya no está en el mundo, está fuera de él. Es pura existencia. Pura presencia. Así me sentía en esos momentos. Y más que agraciado, me seguía sintiendo perturbado porque no comprendía qué me estaba pasando.
6. Lo que dicen las tradiciones (y nadie te cuenta)
Por ello, como no soy un conformista y siempre cuestiono, empecé a investigar. Y descubrí algo fascinante. En la Biblia, Dios dice: «Yo soy el que soy». Pero eso es en español. En inglés es «I am that I am». El «I am» ya contiene el «yo» y no puede decirse «am» (solo «soy») porque no tendría sentido en ese idioma.
Por tanto, todo el conocimiento místico de Neville en el que me había sumergido, cambiaba de sentido: el hablaba en inglés, pero seguro conocía el sentido esotérico del «Soy».
Porque cuando te remontas al hebreo y al arameo la cosa cambia. En esos idiomas, cuando la divinidad habla, no dice «Yo Soy». Dice «Soy». Una sola palabra. Sin pronombre. Sin identidad. Solo es «Ehyeh».
«Yo soy el que soy» pasa a ser en Hebreo: «Ehyeh Asher Ehyeh» y en Arameo: «Ahih Ashar Ahih».
Sin embargo, en el habla cotidiana, en esos idiomas los humanos usan o usaban «Aní» en hebreo y «Aná» en arameo para decir «yo». Es el pronombre del ego. La máscara. La etiqueta que usamos para presentarnos al mundo.
Tu Parte Divina simplemente Es
Esto nos muestra que la divinidad no necesita eso. Solo es «Ehyeh». «Soy». Esto ya no es conocimiento exotérico, sino esotérico, profundo.
Y eso que he experimentado, esa caída del «yo», se parece mucho a lo que dice la tradición esotérica: que la palabra de Dios divide como cuchillo el alma y el espíritu.
Esto es lo que te explicaba, cuando te hablaba en los artículos y vídeos de las ECM sobre qué sucedía cuando la persona conectaba con su Espíritu, que dejaba atrás el Alma, con sus pequeños programas y creencias.
Cuando eso sucedía se convertía en algo más allá de la moral y las creencias establecidas. Ahora comprendí, no solo desde lo más profundo, sino también desde la experiencia pasada y presente, esa frase de Hebreos 4:12: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos…
La palabra de Dios no era una palabra mágica que obrara milagros, un «abracadabra»·mágico, el truco de iluminación que todos anhelan, sino que era el nombre de Dios, el que está compuesto de un solo vocablo: «Soy», «Ehyeh».
Cuando el «Yo» cae, lo que queda es el «Soy». Caen las ataduras al mundo porque te has quedado sin identidad. Sin máscara. Ya sea del «yo soy» o, incluso, del «Yo Soy».
7. Una advertencia honesta
No aspires a esto. No es algo que se logre con voluntad y es imposible vivir en él. Por eso creo que los buscadores terminaban viviendo de forma ascética alejados del mundo, no para «despertar», sino porque habían despertado y ya no podían vivir en el mundo,
Y también te digo que no es un premio ni un mérito. Me ha llevado años de trabajo con el yo soy, de vaciar la basura, de conectar con lo más profundo y alcanzar un cierto «Yo Soy». Y aún así, no lo controlo. Me vino. Me pasó. No decidí yo cuándo.
Y además, quiero advertirte que desde el «Soy» no se puede operar en el mundo. Si intento hacer un vídeo desde el «Soy», no puedo. Porque el «Soy» no tiene nada que decir al mundo. No tiene mensaje. No tiene identidad. No tiene necesidad de compartir. Solo quiere silencio.
La necesidad de hablar pertenece al «yo soy»
Algo que he descubierto es que cuando quiero explicar algo, en realidad estoy entre el «yo soy» y el «Yo Soy». No hay una distinción clara porque llegar a un «Yo Soy» o un «Soy» no significa permanecer siempre en esa frecuencia. Vives en el mundo y el mundo buscará todas las formas posibles de rebajar esa frecuencia.
Sin embargo, si quiero operar en el mundo, trabajar, relacionarme, hacer vídeos, necesito volver mínimamente al «Yo Soy». El que tiene una identidad, aunque sea una identidad más elevada. El que todavía puede comunicarse. El que, tal vez, puede ayudar. Más abajo, en el «yo soy» tampoco puedo comunicar, cuando lo he hecho porque necesitaba que «saliera algo de mí», me he dado cuenta rápido que el vídeo no era el correcto.
Aquí lo importante es que el «Soy» no busca ni cree en nada de todo eso. Cuando estoy en el «Soy» solo quiero silencio.
Los gurús están en el «yo soy»
Por ello, sin negar que exista la excepción, cuando observo a los gurús, o a los aspirantes a gurús, cuando observo esa necesidad de comunicarse, de hablar, de convencer, comprendo que están en el «yo soy». Ese «yo soy» necesita afirmación y, además, a través de la afirmación que los demás le dan, al entregarle con su atención tanta energía, reafirmarse en sí mismo. Eso le da la seguridad de la que, en el fondo, el «yo soy» carece.
Y esto lo comprendí escuchando a mi «Soy», cuestionándolo, observándolo…
Comprendí que si bien llevaba seis o siete años experimentando de forma muy consciente con el «Yo Soy», hacía tiempo que había llegado al «Soy» sin ser consciente de ello. Lo supe al darme cuenta de que mi necesidad de silencio, de no hablar, de mantenerme apartado de hacer vídeos, de estar fuera de la vista, nacía de ese «Soy» que estaba a punto de despertarse en mí.
Ese «Soy» estaba cansado de tanto ruido, ya no lo necesitaba ni lo buscaba. Por eso se refugió en la escritura, para buscar silencio, como si fuera una vida monástica. Yo sabía que no era yo quien había decidido escribir, porque, como con otras cosas, fue el resultado de un impulso. Como he dicho, pocos meses antes había dicho que no escribiría más. ¿Por qué entonces esa necesidad? ¿De dónde partía? De algo que necesitaba respirar y que no lo podía hacer con las obligaciones del mundo.
Y cuando hubo acumulado suficiente de ese silencio, sumido en la escritura, entonces y solo entonces pudo, en unas vacaciones, como si fuera el ápice de la distancia que podía tomar entre mi vida habitual y la vida real, libre de todo condicionamiento, expresarse.
Nada de esto es ajeno a ti
Si esto te parece algo extraordinario, te digo que no lo es, así que no me encumbres por esto. Soy una persona normal. Con mis dudas, mis limitaciones, mis desafíos. Sigo sin tener la vida que quiero del todo y que, hoy con más claridad que nunca, sé que deseo para darle espacio a ese «Soy» que no puede vivir en la vida que vivo. Sigo sin dominar el Fórmula 1 de la creación. Pero voy avanzando.
Y comparto esto por si puede serte de utilidad. Por si un día, partiendo de donde partas, ya sea del «yo soy» (de donde todos un día partimos) o del «Yo Soy» (porque lleves ya un trabajo intenso en tu interior), llegas a este punto y reconoces algo.
Este es el final de esta serie, al menos por ahora. Mi «Soy» reclama silencio, distancia, sentido…
Gracias por llegar hasta aquí. Un saludo y hasta siempre.
8. Enlaces de Interés
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¿Te has dado cuenta cómo te hablas?




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